El cuerpo ruidoso o cuando la enfermedad lo ocupa todo

Copia de Plantilla Jeffrey (2)

Imagínate que tienes una fiebre muy alta y llevas tres días en casa sin poder moverte de la cama. Te duele el estómago y no puedes comer. Cuando te miras al espejo te ves la nariz toda roja de tanto sonarte y además de no reconocer tu voz, cuando hablas te retumba la cabeza. La tos y los mocos no te dejan dormir ya que no respiras con normalidad.

Además, al principio puedes alarmarte “¿qué me pasará?”, tendrás que lidiar con la incertidumbre “ojalá no sea una gripe”. Sentirás la sensación de invalidez de no poder realizar las cosas cotidianas. Puede ser que te enfades, porque además de que los síntomas son desagradables y te sacan de tu estado habitual piensas “por qué yo”, “no debería estar así”, “tenía mejores planes para el fin de semana que estar en casa enfermo”. También puede variar nuestra auto-imagen “me siento feo, así no me puede ver nadie”.

Normalmente nuestro cuerpo es silencioso y transparente, no se manifiesta pero en momentos como el del ejemplo de arriba es como si éste se volviera ruidoso e incluso alarmante. Ocupa toda nuestra vida y nos resulta molesto. Cuando se pasa el proceso gripal, la falta de energía vital desaparece, lo que antes parecía difícil ahora ya no lo es tanto, e incluso nos podemos ver hasta guapos. Ya podemos decir que nuestro cuerpo ha dejado de hacer ruido.

El cuerpo, al igual que la palabra, es un vehículo de comunicación con los otros, es una forma de apertura al mundo y cuando hace ruido nos dificulta esta tarea.

Husller (1)

En la enfermedad crónica, que el cuerpo sea ruidoso es muy habitual, sobre todo en los momentos que resurgen los síntomas, aparecen nuevos como consecuencia de los primeros, con los efectos de un tratamiento y mucho más si hay dolor.

En la adolescencia empecé a ser consciente de que no quería que la hemofilia tomara el volante de mi vida. Esto ha implicado tener que llevarme el ruido al colegio, al instituto, a la universidad, a la hora de estudiar, al trabajo, también con los amigos, para ligar, para ir a comprar, en definitiva, para todo. No es fácil lidiar con nuestro cuerpo cuando los síntomas, el dolor, etc. ocupan tanto espacio que no deja lugar a otra cosa, ya que nos resulta incómodo y molesto.

Cuando me despierto casi no puedo tenerme en pie. Dar los primeros pasos por la mañana es una verdadera odisea. El dolor a primera hora del día hace que me enfade con mi cuerpo y si no me doy cuenta me digo cosas como que “no valgo para nada”, o pienso “¿cómo voy a arrancar el día así?” o “¿cómo vas a cuidar de tu hijo con ese dolor y esa falta de movilidad?”. El ruido corporal crea un ruido mental que es necesario atender.

Aquí practico la auto-compasión conmigo mismo, que no es más que el reconocimiento del sufrimiento porque me ayuda a transitar el dolor, a moverme de él de una manera activa y útil. Esto a veces me cuesta y he tenido que entrenarme. En mi trabajo como psicoterapeuta veo como a otros también les resulta difícil porque la compasión se confunde con el victimismo y porque hemos aprendido que no está bien quejarse. “No te quejes”, “no es para tanto”, “esto le pasa a mucha gente”. Esto puede ser útil a veces, pero no lo es cuando toma la dirección de la autocrítica por tener dolor por tener una enfermedad crónica.

También es difícil porque nos confronta con la idea de que no somos perfectos y que hay cosas con las que nos cuesta lidiar. La condición humana está llena de imperfecciones.

Cuando vivimos en un cuerpo ruidoso podemos perder la confianza en él. Lo sentimos como un extraño que nos traiciona justo cuando queríamos pasar un buen día y de repente nos duele. O en situaciones hospitalarias, en las que no nos dan los resultados que esperábamos y sentimos que nos ataca. Es importante recuperar nuestra confianza en lo más básico, que es el cuerpo, y mientras tanto disfrutar de esos días o momentos en los que éste es trasparente (si los hay), no hay ruido y pasa desapercibido. Todo es perfecto.

Nos meteremos en un problema si tratamos de agarrar ese momento. Pero bueno, ¡qué narices!, no hay nada malo en soñar que sea para siempre y como dice la canción de Death Cab For Cutie “when soul meets body”:

“yo quiero vivir donde cuerpo y alma se encuentran,
dejar que el sol me rodee con sus brazos,
bañar mi piel en una agua refrescante y purificada,
y experimentar cómo es sentirse nuevo”.

6 comentarios sobre “El cuerpo ruidoso o cuando la enfermedad lo ocupa todo

  1. Como indicas Jeffrey, “no es más que el reconocimiento del sufrimiento porque me ayuda a transitar el dolor, a moverme de él de una manera activa y útil”. Transitar por ese sufrimiento emocional y físico de forma activa  se hace cada vez más cuesta arriba. Son etapas, como dices a veces necesitamos parar, dejarnos caer y esperar…
    Me ha gustado mucho la entrada, felicidades.

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  2. Es interesante ese concepto del “cuerpo ruidoso”. Como hemofílico multilesionado, ya sabes tú también que el cerebro solo fija el ruido de más “decibelios”, por seguir con la analogía. Mi experiencia al cambiar mis rodillas “ruidosas” por otras “silenciosas”, y además al hacerlo primero con una (la más “ruidosa”) con un margen de casi 2 años hasta cambiar la segunda, fue muy intensa en cuanto a adaptación a la nueva situación. De repente faltaba el “ruido” de la rodilla izquierda, con lo cual mi cerebro empezó a “escuchar” los otros ruidos, sobre todo el de la rodilla derecha. Y después desapareció ese “ruido” también con la segunda operación. Al desaparecer todo ese “ruido”, la sensación es de que haces todo mejor y más rápidamente, el cerebro no necesita neutralizar todo ese dolor y está más “liberado”. En fin, lo irás viendo poco a poco con tu nueva rodilla.

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